El maestro lee junto a la ventana poemas de Eduardo Langagne. Mariana atisba la portada de un viejo poemario. Es el número treinta de los libros del bicho (de la editorial Premia).
-¿Donde habita el cangrejo? -pregunta.
Y él levanta la voz:
Mírame ahora
me transformo en suicida...
-"Los Poemas de Sammy Mccoy"- dice tras una breve pausa, y repite:
Mírame ahora
me transformo en suicida
en un instante
todas las sogas acarician mi garganta.
Y ella, como anticipando un deja vú, lo contempla pendiente de una rama. Una hermosa jacaranda: tan voluptuosa, tan morada, tan viva y llena de flores, que en entre sus ramas la muerte no espanta...
Mírame tú
mi dulce y pálida
hasta que mis ojos se revienten
como globos que acaricia alguna brasa
Él busca sus ojos. Ella se acerca y lo abraza. Quisiera decirle que se quede, que no se vaya, que después de los cuarenta viene lo mejor; pero no puede dejar de verlo colgado de una jacaranda.
Abundan los momentos en que uno busca pero no encuentra, y hay otros -los menos, los ínfimos- en que la realidad se entrega generosa, explosiva y plena... Epifanía de luz que inunda; Tierra ancestral, primitiva, humus futuro; Conciencia eterea, electrizante y fugaz; Lluvia de tiempos inconjugables que aceleran hasta detenerse... Revoloteo de lo más nuestro, lo más tuyo, lo más mío. Vuelta a lo imposible: regreso a la chispa que brilló antes de la causa de Todo... Espejo pétreo de la nada. Carne de mi espíritu, Cuerpo de mi alma, ¿vale la pena aguardar el instante? ¿Vale la pena soportar el sinsentido sin otra esperanza que la mera posibilidad de su irrupción? ¿Vale la pena quedarse sólo para confirmar la absurda conclusión de la vida? ¿Vale? Yo digo que no.
-Entonces, ¿la diferencia entre la novela y el cuento es que -como alguien propuso- la novela nos gana por puntos y el cuento por K. O.?
-O como dijera otro, la novela se parece a la vida matrimonial mientras que el cuento tiene la breve intensidad del encuentro con un amante...
Las conversaciones de este tipo son frecuentes cuando el profesor y su asistente coinciden en la biblioteca.
-Bueno, péro debe haber alguna diferencia técnica, por ejemplo, en el cuento hay pocos participantes, pero ¿es posible una novela con sólo dos personajes?
-Ay, Mariana, ¿y para qué queremos más? Lo importante es que la tensión narrativa se mantenga hasta la última página... Lo demás es lo de menos (y le toca a los críticos, que ellos decidan si es una farsa, una novela, un cuento, una leyenda).
-Y a todo esto, ¿vale la pena la docencia?
-La decencia sí -aunque ya casi no existe-,pero la docencia, Mariana, la docencia...
-Eso, Maestro, la docencia. La educación, la formación, el diseño de ambientes de aprendizaje, la tecnología educativa...
Una sonora carcajada interrumpe la secuencia de Mariana.
-Por supuesto que sí. Pero no olvides aquella frase que repite con frecuencia Fernando Vallejo, según la cual "no se puede sacar agua limpia de un charco".
-Suena poco alentador.
-Suena más bien real.
-Yo creía que... Bueno, es que yo... De hecho estaba pensando...
-Don't mention it, como dicen los gringos. Dedícate a cualquier otra cosa y se feliz.
-Es sólo que a veces pienso que la única salida para el país es la educación.
-La única salida es el suicidio colectivo -sonríe con un guiño-, los habitantes de este país no se compondrían ni volviéndolos a batir; ahora que si tienes tendencias masoquistas podemos orientarlas hacia un quehacer más gratificante.
-Ay, Maestro -se sonroja y comienza a reír.
Todos tenemos una cita con el destino. De nada vale el empeño estúpido por perseverar en el propio ser cuando se abre como un abismo la pregunta que desnuda nuestra vacuidad: esa nada que nos carcome bajo la piel. Uno ama y sonríe y construye e imagina y proyecta y cree o sueña y piensa... incluso escribe (como si las letras sirvieran para algo, con si pudieran regalarnos un grano de inmortalidad). Uno se convence a fuerza de razonamientos y sermones de que existe eso que llamamos vida, Pero no. Sucede que de pronto, sin saber cómo, un día (casi siempre inesperado)... Sí, un día uno descubre que no hay margen para la ilusión y el heroísmo, ni siquiera una carne sensitiva o digna de respeto, sino vacío y silencio, absurdo tras absurdo, puro sinsentido. ¿Y entonces uno a qué se queda? ¿Para qué seguir en la brega si todo está perdido?
Sí. El profe ha escrito con tinta verde en la sevilleta que le dieron junto con su café en un drive in. Sí. Escribió mientras manejaba (ahora lee y escribe mientras conduce: afirma que los semáforos abundan y tardan tanto que puede leerse una novela a la semana usando los minutos muertos mientras se traslada de la casa a la universidad y de regreso). Sí.
Según esto, el cuerpo puede seguirse moviendo aunque el espíritu haya muerto.
Nota: a veces también lee mientras avanza el vehículo. "Hay libros que lo ameritan", dice.
Él está en la sala leyendo un libro sobre construcción de ambientes de aprendizaje centrados en el alumno.
Ella aspira los libros. Eso significa que no hay muchas cosas que hacer.
Al principio se sentía extraña con bata, cofia, guantes y cubre boca. Como si fuera a entrar al quirófano, sólo que en lugar de bisturí manipulaba una pequeña aspiradora, de esas que venden para quitarle las migajas y otros residuos a los asientos y los tapetes de los autos.
-¿Para qué tanto cuidado?, le preguntó.
-El polvo. El polvo… Polvo enamorado…
-¿Polvo enamorado?
-¡Quevedo!, niña, Quevedo, respondió sonriendo.
-Y ya, en serio… ¿para qué tantas precauciones? ¿Por qué no sacudir los libros de un trapazo?
-El polvo hace daño. Además, durante mucho tiempo en la biblioteca sólo había libros que compré cuando eran nuevos. Pero, a veces es difícil conseguirlos y uno tiene que recurrir a las librerías de viejo para rescatarlos, pagando caro el hallazgo. ¿Te imaginas? ¡Libros usados! ¿Cómo sabes tú que al abrirlos no saldrán volando todos los bichos contenidos en un estornudo del anterior propietario, cuando no un verde y gelatinoso gargajo…?
Mariana sintió asco.
El profe, capaz de cualquier vulgaridad, se sintió complacido provocando a su asistente. Pocas cosas ha disfrutado tanto como ver el rostro de Mariana cambiando súbitamente de color y de expresión. Hay algo estético en el horror.
Ella entendió de inmediato que la precaución nunca está de más. Salió de la biblioteca para ir por un vaso de agua para borrar la imagen del esputo disecado entre las páginas del libro que sostenía en la mano izquierda. Arqueó un poco pero sin vomitar.
Por la noche, lejos de toda nausea buscó en la red: Quevedo + “polvo enamorado”.
Ahora, él lee y subraya el libro (como un estudiante que aprende a identificar las ideas principales). Se permite alguna glosa. A ratos interrumpe la lectura y se acomoda en el sillón, con los ojos cerrados, cual si estuviera meditando. Otras veces, de un salto llega hasta algún entrepaño, toma otro texto, lo esculca y dice “ya”. Busca en una tarjeta, un separador, un post it; lo inserta entre la páginas y regresa a la silenciosa actividad. Así es como forma enormes pilas de libros en cada esquina del escritorio.
¿Para qué lee tanto –se pregunta ahora- si ya está viejo? ¿Para qué estudia pedagogía, si ya se va a jubilar? ¿Para qué?, si a ratos se le notan las ganas de emular a Mishima… Así, mientras aspira Disgrace de John Maxwell Coetzee y él concluye que la principal dificultad para centrar los aprendizajes en los alumnos reside paradójica y precisamente en los alumnos, Mariana trata de recrear en la mente el día en que lo conoció.
A veces pienso que su alma y la mía son una sola: la misma.
Viajamos por la vida como rotos, hasta encontrarnos (sólo para confirmar el mito del andrógino tajado por la mitad).
Su dolor me duele desde los huesos. Su fuego me quema debajo de la piel. Sus células y las mías vibran con la misma energía, con el mismo ritmo a tal grado que, a veces sus fantasmas me visitan… A veces los míos lo atormentan.
Lo pienso, lo siento y entonces simplemente lloro.
Entre lágrimas, puedo verla. Y me dan ganas de llamarla por su nombre: “Oye tú, hija de perra… ¡Piruja de mierda!” ¡Con qué gusto le diere la más fuerte de las cachetadas! Y si Ella reaccionare, bien pudiere colgarme de su cabellera: arrancarle un mechón de pelos. “¡Maldita!, ¡maldita! ¡mil veces maldita!, le espetare antes de fracturar su nariz de un rodillazo…
Otros días, sin embargo, me abruma el vacío que Ella (la innombrable) dejara.
Entre sus notas, el profesor ha dejado una cita de Amélie Nothomb. "Para cuando se necesite", murmuró al concluir la transcripción.
Entre el suicicido y la transpiración, no lo dudes. Derramar tu sangre es tan admirable como innombrable resulta derramar tu sudor. Si te das muerte, no sudarás nunca más y tu angustia habrá terminado para siempre.
Por un momento piensa en Kierkegaard y su concepto de la angustia: pensamos por la angustia: filosofamos de pura angustia...
Luego apunta: Estupor y temblores (el título del libro), y para mayores señas: página 78... Barcelona: Quinteto, 2010.
Hay momentos en que siento la necesidad de bilocarme, ocasiones en las que se apetece terner dos cuerpos, días que debieran durar 48 horas.
La vida impone muchas limitaciones.
-Hay momentos, Mariana, en los que uno siente que ya lo ha dado todo. Y luego viene la vida a confirmarlo.
-Pero, maestro...
Él da un sorbo a su café.
-Decía Benedetti, en franca alusión a Lyotard, que si hemos perdido las grandes narrativas, las grandes utopías, aún nos quedan las pequeñas. Pero si éstas también se rompen, ya nada tiene sentido.
-¿Y la poesía?
-Ah. La poesía..., toma aire y lo deja salir lentamente.
-Pero usted dijo...
-Perdona que te interrumpa, pero la poesía no es más que un paliativo.
Dijo y dejó naufragar su mirada perdida en la superficie vaporosa de la taza.
-Hay momentos, Mariana, en los que ni el aroma de un buen café...
Es ahora Mariana quien lee de pie junto a la ventana.
El maestro entra y sonríe al verla.
Ella, con los ojos irritados, confiesa:
-No he dejado de llorar durante toda la novela, desde que Naoko le pide dos favores a Watanabe...
Fue por una sugerencia del profesor que Mariana empezó a leer Tokio blues de Haruki Murakami.
-No es la mejor –le advirtió entonces. Quizá la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Sin duda, Kafka en la orilla…
Hojeó el libro, en la biblioteca, pero no lo tomó prestado, como ya había hecho en otras ocasiones con otros títulos. Ese fin de semana, fue a la librería y compró la versión pocket.
-¿En qué parte vas? –preguntó él.
-En la página trescientos cincuenta y uno.
-Bien, aunque eso no me dice mucho.
-Es el final de la carta de Reiko Ishida. La del 17 de junio –responde consultando el libro. Es donde ella lamenta que la relación de Naoko y Watanabe no haya tenido hasta el momento un final feliz, y le pide que no le cuente lo ocurrido con Midori.
-“Deja de atormentarte por esto –cita el profesor un fragmento de la carta haciendo alarde de su memoria, a sabiendas de que puede estar alterando el texto-. Las cosas fluyen hacia donde tienen que fluir, y por más que te esfuerces e intentes hacerlo lo mejor posible, cuando llega el momento de herir a alguien lo hieres. La vida es así”.
-Pero es que la fragilidad de Naoko, su abandono… el suicidio de su hermana, el de su novio Kizuki...
-Recuerda que una idea clave de la novela es que la muerte no es lo contrario de la vida, sino parte de la misma.
-Sí, pero es triste.
Entonces Mariana da vuelta a la página, para retomar la lectura.
De inmediato hace una pausa.
Vuelven las lágrimas.
Cierra el libro, con ira.
-Yo pensé que Watanabe…, suspira y reclama.
-Sí, Mariana, yo también lo pensé.
Y ambos saben, sin decirlo, que bien les caería un abrazo.
Del entrepaño donde guarda el profesor los libros cuyo título alude expresamente al suicidio, Mariana ha tomado un poemario de María Montero, una francesa nacida en 1970.
Después de leerlo en voz alta, para tratar de encontrar el ritmo, como le ha sugerido el maestro, vuelve al primer poema y lo repite.
Self-service, lleva por título.
Le gusta. Y piensa que en estos versos hay algo parecido a un oráculo. Tal vez una revelación sobre su destino.
Entonces, toma su ipad y va directo a Goodreads para añadir una cita:
Transcribe con rapidez:
“La mano suicida escarba en la basura / y me invita a acompañarla”.
No cabe duda que pertenecen a dos generaciones completamente distintas: él subraya y copia en su libreta de notas; ella comparte contenidos en la red.
Completa el formulario, envía y copia la siguiente estrofa:
“Busca desesperadamente lo perdido: / un ojo inalterable para el mundo, / la intimidad de antes”.
Da clic en “guardar” y sonríe.
Luego se pregunta qué pretende el maestro.
¿Hasta dónde será capaz de acompañarlo en su búsqueda?
Uno sabe que en la vida hay amores de novela, con estrellas protectoras y vientos a favor, tan intensos que no pueden borrarse. Hay amores para siempre,
y traiciones imperdonables.
Fiel a sus costumbres, el maestro lee poemas en voz alta junto a la ventana. Mariana sabe que puede interrumpir sus actividades para escucharlo. En cierta ocasión el profesor le refirió que después de una lectura de poesía en un evento público, Gilberto Castellanos, el poeta, llevó a su casa a un grupo de amigos. Y siguieron la tertulia. Entrados en la charla, todos vieron con sorpresa que Gilberto (como lo llama afectuosamente) fue por una botella de vino tinto y se dispuso a descorcharla. Hacía un buen tiempo que no tomaba y esa era la causa del desconcierto, de modo que para aligerar la tensión exclamó “¡A la poesía, hay que celebrarla!”. Todos estuvieron de acuerdo y Castellanos, que en paz descanse, acompañó los brindis con agua de jamaica.
Saldrá hacia la noche
con cartas y mensajes de un encuentro cifrado
Comienza con voz fuerte y ronca. Pausada.
llevará en la memoria
la voz de la que amó sin tregua
con su angustia y su sed de infinito
(no pensará en cantos fúnebres ni en inútiles salmos)
Y continúa con “Últimas líneas del suicida”. Nunca fue bueno para la declamación, pero su expresión encarna las palabras. Es su cuerpo donde los versos cobran vida. Pronto llega al final, transfigurado:
escribirá bajo una tenaz lluvia
con una caligrafía perfecta que el llanto hará borrosa
su último recado: No me abandones nunca Y confiésame siempre tu amor en otros labios.
Mariana se apura a tomar el poemario y copiar la bibliografía: Los últimos poemas de Dante se llama el libro y es de Gaspar Aguilera. Fue publicado en México el 2004 por la ya desaparecida editorial Colibrí de Sandro Cohen. Es una lástima. Ella no lo sabe, pero es un título relativamente difícil de conseguir.
Cierra la agenda y la guarda en el primer cajón izquierdo del escritorio. Ha escrito: “El Maestro y Marianita” en la última hoja. Se trata de un juego de palabras, una paráfrasis, una alusión directa al magnífico Mijaíl Afanásievich Bulgákov.
La idea le resulta graciosa.
Sonríe.
El ser humano es una fuente de afectos complicados y complejos. Es obvio -ahora- que siente algo por ella y ella algo por él. Pero ese algo no existe si no se verbaliza, ambos lo saben muy bien.
-¿En qué cabeza cabe?, Mariana. (Comenta como un suspiro después de leer la copia de una nota póstuma que ha llegado a sus manos gracias a una amiga que trabaja en la procuraduría). ¿A quién se le ocurre? (Sonríe). Cuando una mujer le dice a su novio, amante o whatever, que ha recibido una propuesta de matrimonio… es obvio, se sabe, no hay margen para las dudas: la ruptura es inminente e irremediable. No importa el tamaño del amor… ni el tiempo. El alma se desgarra de un tirón y para siempre.
¿Por qué?, Mariana. Porque si ella ha dado paso a una relación de tal confianza y seriedad en la que otro presenta una propuesta formal, se infiere que ella se siente bien con él, que le gusta, que le interesa. Que tiene tiempo para ello y lo aprovecha. ¿No es cierto? Cansancio, tedio, rencores callados… Que nada es para siempre… Que la distancia no ayudó. Que somos una especie con tendencia a la promiscuidad… Que el amor es un jardín que se debe regar cotidianamente… Que ya ni te entiendo ni me entiendes… Por las razones que quieras… válidas y justas, o no… “Me ha propuesto matrimonio” es una confesión de infidelidad (potencial, cuando no consumada). Un golpe certero al orgullo del macho alfa. Una patada en los huevos…
¿A quién se le ocurre?, Mariana, que uno va a ponerse la armadura, montar a caballo y jugarse la vida en aras del honor mancillado… No. Eso habrá sido en otros tiempos. (Se ríe y su risa es franca). Yo creo que lo que a uno se le antoja en esos casos es salirse del juego (de la vida, se entiende). Quizá sea lo mejor. ¿O habrá un ser en el planeta a quien la frase “me propuso matrimonio” le resulte erótica y amorosa? ¿O es que tras la confidencia uno va a insistir en un amor lacerado? ¿O saldrá el héroe a pelearla, a reconquistar las tierras que le han arrebatado? ¿En qué cabeza cabe? Mariana.
-Aunque usted no lo crea,
Maestro,
todo eso cabe
en la cabeza
de más de una mujer.
Con la confianza que da el tiempo, Mariana ha comenzado a sentir que en cierto modo la biblioteca también le pertenece.
Le ha dedicado varias horas.
Aspira los libros. Los acomoda.
De cuando en cuando los hojea. Así encontró y leyó los Diarios de Anaïs Nin y las cartas que intercambió entre 1932 y 1953 con Henry Miller. Esto publicado en español por Siruela. Con menos emoción ha sacudido y reacomodado un manual de HTML Y DHTML, el Apocalipsisde Esdras en Ediciones Obelisco y una guía para el cultivo y la comercialización del café, entre otros.
Con gusto, sí, ha leído El seminarista de Rubem Fonseca.
¡Qué difícil sería regalarle un libro!, suspira Mariana. Pero en realidad, es tan simple: el maestro sería feliz si le regalara El arte del suicidio de Ron M. Brown publicado por Síntesis.
Al maestro le gusta la poesía: “Hay dos cosas que pueden salvarte del derrumbe”, me dijo una mañana en que pensó que estaba triste. “El huapango de Moncayo, Mariana… y un buen poema”. Parece que no es lo único. A él, por ejemplo, lo reconcilian con la vida esas tardes sin prisa en que combina un expresso preparado en cafetera italiana con un buen puro. “Sí, al placer hay que darle tiempo”, susurra mientras ascienden los vapores aromatizando la cocina. “¿Para qué sirve la vida sin hedonismo?”, pregunta sin esperar respuesta. De sobra lo sabe. Tal vez por eso se complace en los rituales (eso pienso cuando lo veo disponiendo del tabaco para fumar pipa: lo hace con una solemnidad religiosa). “¿Por qué fuma pipa?”, le pregunté. Y su respuesta fue inmediata: “Cuando me enteré cómo contaminan las colillas del cigarro, decidí que yo no iba a dañar así mi planeta”. Pero volviendo a la poesía, dice que la ciudad es un monstruo tan terrible como hermoso. Que para no perderse en él es mejor ir acompañado por los versos de un buen poeta que llevar un GPS.
Hay tardes como la de hoy, cuando la luz ya no entra directa a la biblioteca pero es suficiente, en las que se para junto a la ventana y lee primero en silencio –como buscando el ritmo- y luego en voz alta.
Sólo dos cosas quiero
una: morir
y dos: que nadie me recuerde
(hace una pausa)
sino por todo aquello que olvidé.
Sabe que lo miro y lo escucho sorprendida. Entonces voltea y sólo dice: “Eduardo Lizalde”.
Me entrega el libro.
Cuando termino es de noche, tengo que irme; pero sé que también hay un tigre en esta casa.
Hace días que no escribe -observa Mariana.
Lee, sí. El periódico.
Algún libro de poesía.
Una revista de divulgación científica...
Se ha puesto silencioso.
-Maestro -lo interrumpe.
Él levanta la vista y sonríe.
-Maestro, ¿qué se necesita para ser escritor? -pregunta.
-Para ser escritor, Mariana, se necesita tener, entre otras cosas, un escritorio y una asistente hermosa.
-“El suicidio, entonces, es el medio más eficaz de los débiles de mostrar y hacer sentir su poder”.
-¿Cómo?
-Es una cita de Andreas Kurz. De un artículo titulado Del suicidio literario y de literatos suicidas que apareció en la revista Crítica en agosto de 2005.
-Suena interesante.
-Te leo desde el inicio del párrafo:
Elías Canetti describe la función del poder como una púa clavada en el centro vital del individuo. Éste tiene que arrancársela y clavarla en otro individuo: se genera un proceso jerárquico e interminable durante el cual, cada vez que se ejerce un acto de poder, se hiere al otro y queda una cicatriz en el propio ser [...]
-¿Una cicatriz en el propio ser? Suena bien
-Es una imagen muy elocuente. Sigo:
El suicidio en Werther, en Manuel Acuña, en José Asunción Silva, opera con la misma lógica. Una instancia provista de poder (llámese amor o autoridad social) clavó su púa en un individuo marginado. Éste debe desahacerse de la púa y, caso ideal en la cadena de Canetti, regresarla al “dominador”. El suicidio, entonces, es el medio eficaz de los débiles de mostrar y hacer sentir su poder.
Dicen que no es bueno pasar mucho tiempo frente al mar... Dicen que uno empieza a sentirse pequeño, insignificante, diminuto... Dicen -y ha de ser- que el impulso suicida es inversamente proporcional a la sensación de pequeñez.
-Y a todo esto, Mariana, ¿ya investigó si se suicidan más hombres que mujeres en el Metro de la ciudad de México?
-No, todavía no. Como ya casi se acaba el semestre... No es pretexto, pero los trabajos finales, mis exámenes. De hecho, la próxima semana tengo evaluación con Alatriste. ¿Lo conoce? La verdad es que su materia no me gusta y para colmo me estresa ese pinche viejo pelón... Perdón, por lo de viejo pelón, pero me pone los pelos de punta.
-Sí, lo conozco, y no es para menos.
-Pero usted...
-¿Pero yo qué?
-Si usted decidiera suicidarse en el Metro, ¿qué estación elegiría?
-No sé. Tal vez Copilco... El peso de la rutina, sabes: Antes de tener coche todos los días era lo mismo: descender en Copilco, caminar hacia la facultad y de regreso. Podría ser un buen destino final... O Balderas, ajá, con audífonos para no oír más que la voz ronca de Alex Lora recordandome que "ahí quedó embarrado mi corazón..." Y ahora que me acuerdo, por aquí debo tener el disco, déjame lo busco y la ponemos.
-Pero usted, porfesor, tan culto y oyendo al Tri. No puedo creerlo.
-Y mayores prodigios has de ver -dijo haciéndo un guiño con el ojo derecho.
-Ja ja ja. De verdad que lo oigo y no lo creo.
-¿Por qué no? Es cultura general. Es más, canta conmigo:
-Eso me gusta.
-¿Cantar?
-No. Que me hable de tú.
Él puso el disco e hizo como si tomara una guitarra eléctrica. Cerró los ojos dejándose poseer por la música y empezó: "Fué en la estación del metro Balderas... ".
Y ella lo secundó. Tocaban guitarras imaginarias el uno para la otra y viceversa. "Oye chofer, llévame donde quieras...", cantanban ahora clavándose la mirada y acercandose hasta rozar nariz con nariz. "Eeeeennn la estación del metro Balderas..." No se cansan, ahora ella toca un saxofón invisible y él la batería. Parecen dos adolescentes mariguanos y rocanrroleros. "En la estación del metro Balderas -´le cuenta él-, una bola de gente se la llevó..." Y ella le confirma: "...ahí fue donde ella... se metió al talón".
Repitieron la rola muchas veces y a todo volumen.
Cantaron y bailaron.
Hasta quedar afónicos.
Y exhaustos.
Entonces, él retomó la pregunta:
-¿Quizá en Barranca del muerto o Bellas Artes? Bellas Artes suena bien...
-Pero, no se lo tome tan en serio, profe.
-Ya sé. En Metro Acatitla, pero antes me tomo por ese tumbo un buen café.
-Pero si por ese rumbo no hay nada que valga la pena.
-Okey, okey.