Al maestro le gusta la poesía: “Hay dos cosas que pueden salvarte del derrumbe”, me dijo una mañana en que pensó que estaba triste. “El huapango de Moncayo, Mariana… y un buen poema”. Parece que no es lo único. A él, por ejemplo, lo reconcilian con la vida esas tardes sin prisa en que combina un expresso preparado en cafetera italiana con un buen puro. “Sí, al placer hay que darle tiempo”, susurra mientras ascienden los vapores aromatizando la cocina. “¿Para qué sirve la vida sin hedonismo?”, pregunta sin esperar respuesta. De sobra lo sabe. Tal vez por eso se complace en los rituales (eso pienso cuando lo veo disponiendo del tabaco para fumar pipa: lo hace con una solemnidad religiosa). “¿Por qué fuma pipa?”, le pregunté. Y su respuesta fue inmediata: “Cuando me enteré cómo contaminan las colillas del cigarro, decidí que yo no iba a dañar así mi planeta”. Pero volviendo a la poesía, dice que la ciudad es un monstruo tan terrible como hermoso. Que para no perderse en él es mejor ir acompañado por los versos de un buen poeta que llevar un GPS.
Hay tardes como la de hoy, cuando la luz ya no entra directa a la biblioteca pero es suficiente, en las que se para junto a la ventana y lee primero en silencio –como buscando el ritmo- y luego en voz alta.
Sólo dos cosas quiero
una: morir
y dos: que nadie me recuerde
(hace una pausa)
sino por todo aquello que olvidé.
Sabe que lo miro y lo escucho sorprendida. Entonces voltea y sólo dice: “Eduardo Lizalde”.
Me entrega el libro.
Cuando termino es de noche, tengo que irme; pero sé que también
hay un tigre en esta casa.
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