jueves, 7 de abril de 2011

Costumbres

Fiel a sus costumbres, el maestro lee poemas en voz alta junto a la ventana. Mariana sabe que puede interrumpir sus actividades para escucharlo. En cierta ocasión el profesor le refirió que después de una lectura de poesía en un evento público, Gilberto Castellanos, el poeta, llevó a su casa a un grupo de amigos. Y siguieron la tertulia. Entrados en la charla, todos vieron con sorpresa que Gilberto (como lo llama afectuosamente) fue por una botella de vino tinto y se dispuso a descorcharla. Hacía un buen tiempo que no tomaba y esa era la causa del desconcierto, de modo que para aligerar la tensión exclamó “¡A la poesía, hay que celebrarla!”. Todos estuvieron de acuerdo y Castellanos, que en paz descanse, acompañó los brindis con agua de jamaica.


Saldrá hacia la noche
con cartas y mensajes de un encuentro cifrado
Comienza con voz fuerte y ronca. Pausada.

llevará en la memoria
la voz de la que amó sin tregua
con su angustia y su sed de infinito
(no pensará en cantos fúnebres ni en inútiles salmos)

Y continúa con “Últimas líneas del suicida”. Nunca fue bueno para la declamación, pero su expresión encarna las palabras. Es su cuerpo donde los versos cobran vida. Pronto llega al final, transfigurado:

escribirá bajo una tenaz lluvia
con una caligrafía perfecta que el llanto hará borrosa
su último recado:
No me abandones nunca
Y confiésame siempre tu amor en otros labios.
Mariana se apura a tomar el poemario y copiar la bibliografía: Los últimos poemas de Dante se llama el libro y es de Gaspar Aguilera. Fue publicado en México el 2004 por la ya desaparecida editorial Colibrí de Sandro Cohen. Es una lástima. Ella no lo sabe, pero es un título relativamente difícil de conseguir.

1 comentarios:

Ariadna dijo...

que tristeza y que ternura... no sé, me conmoviò