A veces pienso que su alma y la mía son una sola: la misma.
Viajamos por la vida como rotos, hasta encontrarnos (sólo para confirmar el mito del andrógino tajado por la mitad).
Su dolor me duele desde los huesos. Su fuego me quema debajo de la piel. Sus células y las mías vibran con la misma energía, con el mismo ritmo a tal grado que, a veces sus fantasmas me visitan… A veces los míos lo atormentan.
Lo pienso, lo siento y entonces simplemente lloro.
Entre lágrimas, puedo verla. Y me dan ganas de llamarla por su nombre: “Oye tú, hija de perra… ¡Piruja de mierda!” ¡Con qué gusto le diere la más fuerte de las cachetadas! Y si Ella reaccionare, bien pudiere colgarme de su cabellera: arrancarle un mechón de pelos. “¡Maldita!, ¡maldita! ¡mil veces maldita!, le espetare antes de fracturar su nariz de un rodillazo…
Otros días, sin embargo, me abruma el vacío que Ella (la innombrable) dejara.
2 comentarios:
si tan solo él la nombrara y desubriera lo pequeña que es en realidad... se libraría de su sufrimiento y de paso, a Mariana...
los innombrables, cuantas veces nos hacen falta. Ser tantas personas a la vez me hace pensar que lo quiero.
Besos
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