Él está en la sala leyendo un libro sobre construcción de ambientes de aprendizaje centrados en el alumno.
Ella aspira los libros. Eso significa que no hay muchas cosas que hacer.
Al principio se sentía extraña con bata, cofia, guantes y cubre boca. Como si fuera a entrar al quirófano, sólo que en lugar de bisturí manipulaba una pequeña aspiradora, de esas que venden para quitarle las migajas y otros residuos a los asientos y los tapetes de los autos.
-¿Para qué tanto cuidado?, le preguntó.
-El polvo. El polvo… Polvo enamorado…
-¡Quevedo!, niña, Quevedo, respondió sonriendo.
-Y ya, en serio… ¿para qué tantas precauciones? ¿Por qué no sacudir los libros de un trapazo?
-El polvo hace daño. Además, durante mucho tiempo en la biblioteca sólo había libros que compré cuando eran nuevos. Pero, a veces es difícil conseguirlos y uno tiene que recurrir a las librerías de viejo para rescatarlos, pagando caro el hallazgo. ¿Te imaginas? ¡Libros usados! ¿Cómo sabes tú que al abrirlos no saldrán volando todos los bichos contenidos en un estornudo del anterior propietario, cuando no un verde y gelatinoso gargajo…?
Mariana sintió asco.
El profe, capaz de cualquier vulgaridad, se sintió complacido provocando a su asistente. Pocas cosas ha disfrutado tanto como ver el rostro de Mariana cambiando súbitamente de color y de expresión. Hay algo estético en el horror.
Ella entendió de inmediato que la precaución nunca está de más. Salió de la biblioteca para ir por un vaso de agua para borrar la imagen del esputo disecado entre las páginas del libro que sostenía en la mano izquierda. Arqueó un poco pero sin vomitar.
Por la noche, lejos de toda nausea buscó en la red: Quevedo + “polvo enamorado”.
Por la noche, lejos de toda nausea buscó en la red: Quevedo + “polvo enamorado”.
Ahora, él lee y subraya el libro (como un estudiante que aprende a identificar las ideas principales). Se permite alguna glosa. A ratos interrumpe la lectura y se acomoda en el sillón, con los ojos cerrados, cual si estuviera meditando. Otras veces, de un salto llega hasta algún entrepaño, toma otro texto, lo esculca y dice “ya”. Busca en una tarjeta, un separador, un post it; lo inserta entre la páginas y regresa a la silenciosa actividad. Así es como forma enormes pilas de libros en cada esquina del escritorio.
¿Para qué lee tanto –se pregunta ahora- si ya está viejo? ¿Para qué estudia pedagogía, si ya se va a jubilar? ¿Para qué?, si a ratos se le notan las ganas de emular a Mishima… Así, mientras aspira Disgrace de John Maxwell Coetzee y él concluye que la principal dificultad para centrar los aprendizajes en los alumnos reside paradójica y precisamente en los alumnos, Mariana trata de recrear en la mente el día en que lo conoció.
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