jueves, 1 de marzo de 2012

Desayuno


Esta mañana, el Maestro y Marianita han quedado para desayunar.

El restorán es ruidoso, ¿mas qué sitio se salva del escándalo? La comida no merece mención alguna, mucho menos un elogio; pero las meseras son amables y atentas. Eso le gusta al profesor. Sin duda, un novelista del siglo XIX se sentiría defraudado (no hay mucho que describir): mármol en pisos y paredes, un vitral, un par de cuadros y lámparas arbotantes. Quizá la mayor virtud del negocio sea estar en un edificio histórico, muy cerca de la universidad.

-Bienvenidos -dice Leslie. -¿Su café, cómo siempre?

-Sí. Buenos días -responde el profesor. -Ya sabe que si no tomo café me pongo nervioso.

Sonríen.

-¿Y para usted? ¿Una copa de fruta con yogurt?

Después de ordenar y antes de que la mesa se llene con platos, tazas y el canasto con pan; él saca un libro de su portafolio y se lo acerca mientras diciendo "para ti". Ella lo toma y lee Mariana con M de música... Sonríe agradeciendo el poemario de Eusebio Ruvalcaba.

-Ruvalcaba es un escritor mexicano muy interesante. Es hijo de un violinista. Le encanta la música y la literatura. Es bueno, pero tiene problemas con el alcohol. Tiene varios libros…

-¿Un hilito de sangre? –pregunta Mariana.

Ríen.

Mariana abre el libro al azar. Página 27

Mariana, la de las alas trémulas.
Así te veo, como un ser que de pronto puede perderse
en el álgido horizonte.
Mariana, la de las alas trémulas
capaces de desplegarse y remontar el vuelo
hasta donde las cosas cambian de nombre.

Y Mariana siente por un instante que tiene alas. ¿Y si se aleja? ¿Y si se pierde? Entonces extiende los brazos y los mueve como una niña que imita a los pájaros: se eleva y su pensamiento vuela. Mientras tanto, él recuerda que compró el libro porque, al hojearlo, se abrió en la página 35, justo donde decía: “Dame un beso / y dejaré que las llamas me consuman”… Recordó el perfume fresco y frutal de Mariana… “Dame dos, / y me arrojaré desde la azotea del edificio”… Y suspiró como si los labios de Mariana sellaran el destino, pero en realidad pensaba en la redondez de sus senos. “Dame tres / y destruiré todo lo que he escrito. / Como si no me hubiera llevado / más de cinco minutos.” Era suficiente: no leyó más. Pagó ochenta pesos y guardó el libro en su portafolio.

De regreso, Mariana se posa en la página 68 y se estremece al saber que “Todo libro tiene un cometido”. Y sigue leyendo.

Lo que yo persigo con éste
es convencer
a una mujer de pelo prodigioso
que sea mía.

Ella  advierte en su pecho algo perecido al miedo, pero le gusta. Siente el peso del ser y del existir concentrándose en el centro de su cuerpo. Teme que el rubor la delate porque desea al  mismo tiempo salir corriendo y quedarse ahí para siempre… 

El tiempo fluye y Lleslie llega con el desayuno.

Justo a tiempo.

Ahora no sabrán que la poesía de Eusebio suena desencantada y gravemente triste...